Omu

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Apareció una pareja de delicadas niñas —gemelas— de mejillas color de oliva, ojos mansos y hermosos cabellos, que corrían por la casa semidesnudas, como dos gacelas. Tenían un hermano algo menor, un muchachito moreno y guapo, con ojos de mujer. Todos ellos eran hijos de Po-Po, engendrados dentro de su legítimo matrimonio.

Además, había dos o tres señoras viejas, de aspecto raro, vestidas con mantos raídos de tela sucia, que les sentaban tan mal y además tenían tal aspecto de prendas de segunda mano, que de inmediato consideré a las mujeres como protegidas de la familia, parientas pobres a las que sostenía la generosidad de la señora Arfretí. Eran mansas viejecillas tristes, hablaban poco y comían menos, sus ojos siempre estaban fijos en el suelo y si los levantaban, lo hacían con aire sumiso. La semicivilización de la isla debía de tener que ver algo con que se hubieran convertido en lo que eran.

Casi olvido a Moní, el sonriente viejo que preparó la comida. Su cabeza era un globo brillante y liso. Tenía una tripita redonda y piernas como las de un gato. Era el factótum de Po-Po: cocinero, mayordomo y cosechador de fruto del pan y de cocos, a todo lo cual agregaba su carácter de máximo favorito de su ama, con la que se sentaba a fumar y charlar durante horas.


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