Omu
Omu En nuestro paseo, giramos siguiendo una curva del camino, cuando de pronto el doctor se detuvo, y no era para menos. Justo delante de nosotros, en el bosque, había un conjunto de casas, con sus vanos rectangulares tradicionales revestidos de madera, para ventanas y puertas, y todas de dos plantas. Nos acercamos, y vimos que estaban deteriorándose rápidamente; eran muy lúgubres y estaban cubiertas de musgo, no tenían cercos en las puertas, y por un lado todo el bloque había cedido en casi un pie de altura. Entramos en la planta baja, y tuvimos despejada la vista a través de las maderas del techo, sin revestimiento, donde los rayos de luz entraban por más de un agujero, e iluminaban las telarañas que colgaban por todas partes. Todo el interior estaba oscuro y cerrado. Hundidos entre unas esteras viejas, en un rincón, como un grupo de gitanos en una ruina, había varios nativos vagabundos. Estaban instalados allí.
Con la curiosidad de saber quién podía haber sido el que de ese modo había querido aumentar el valor de la propiedad inmobiliaria en Partoowye, hicimos algunas averiguaciones. Así supimos que, unos años antes, había hecho esa edificación un verdadero yanqui (tendríamos que habernos dado cuenta), carpintero de casas por su oficio, y atrevido hombre de empresa por su índole.