Omu

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Había desembarcado enfermo, y su primer trabajo fue el de curarse; después, salió con su escoplo y su garlopa, y se hizo útil para muchos. Al parecer era un hombre sobrio y tenaz, que al fin se granjeó la confianza de varios jefes, y pronto les inculcó toda clase de ideas acerca de la alarmante carencia de espíritu público en la gente de Imeeo. Hizo especial hincapié en el humillante hecho de que vivieran en cabañas de bambú, cuando era tan fácil construir palacios magníficos con maderas unidas a mortaja y espiga.

Al cabo, estas lamentaciones fueron escuchadas por un jefe viejo, que contrató al carpintero para que construyera un grupo de esos maravillosos palacios. Con la ayuda de buena cantidad de hombres, se puso de inmediato a la faena: instaló una serrería en las montañas, cortó árboles, y encargó clavos en Papeete.

No tardó en alzarse el castillo, pero, ¡ay!, aún no se había terminado el techo cuando el patrón del yanqui, que había calculado mal sus medios, quedó en la ruina, absolutamente imposibilitado de pagar un solo «rollo» de tabaco en mano. Esta quiebra también afectó al carpintero, que huyó de los acreedores en el primer barco que tocó puerto.

Los nativos desdeñaban el desvencijado palacio de madera y, a menudo, se paseaban por él, meneando la cabeza y riéndose.


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