Omu

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Al día siguiente, nuestras pesquisas nos permitieron saber que la extranjera vivía en la isla desde hacía unos dos años; que era de Sydney, y que estaba casada con el señor Bell (¡feliz de él!), el propietario de la plantación de caña de azúcar que mencioné antes.

Y a la plantación nos fuimos, ese mismo día.

El campo circundante era muy hermoso: una cuenca nivelada, cubierta de verdor, rodeada de laderas abruptas. La caña de azúcar —había unos cien acres de ella, en distintas fases de crecimiento— tenía aspecto próspero. Sin embargo, una buena parcela del terreno, que parecía haber sido labrada antes, ya se había abandonado.

El lugar en el que elaboraban el azúcar estaba bajo un inmenso cobertizo de bambú. Allí vimos varias máquinas rústicas para triturar la caña, y también grandes peroles para cocer el jarabe. Pero en esos momentos nadie trabajaba. Dos o tres nativos descansaban dentro de uno de los peroles, fumando; otro estaba entretenido con tres marineros del Leviathan jugando a las cartas.



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