Omu
Omu CON EL QUE TERMINA EL LIBRO
Cuando comprendimos que no podíamos entrar en la corte, decidimos hacernos a la mar. No debíamos abusar de la hospitalidad de Po-Po; además, estábamos más o menos cansados de la vida en Imeeo, como les ocurre a todos los marineros en tierra y, al menos yo, añoraba las olas.
Ahora bien, si había que creer a sus tripulantes, el Leviathan no era nuestra embarcación ideal. Pero yo había visto al capitán, y me había caído bien. Era un hombre de una altura poco común, robusto, apuesto, en la flor de la vida. Tenía sendos círculos de rojo carmesí en el centro de las mejillas bronceadas por el sol, sin duda relacionados con los tragos que echaba en los viajes. Era vineyardés, es decir, nativo de la isla Martha’s Vineyard (vecina a Nantucket), todo un marino —habría puesto mis manos en el fuego por eso— y no un tirano.
Hasta este momento, siempre habíamos evitado a los hombres del Leviathan, cuando bajaban a tierra, pero ahora los buscábamos, para saber algo más sobre el barco.
