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CAPÍTULO I

ME RECIBEN A BORDO

 

En mitad de una brillante tarde tropical conseguimos huir de la bahía. El barco hacia el que íbamos estaba con su vela mayor en facha, a más o menos una milla de la costa, y era el único elemento que rompía la extensa grandeza del océano.

Al aproximarnos, resultó ser una nave de aire desenfadado, pequeña, con un casco y los palos de un negro sucio, la arboladura descuidada y descolorida casi hasta el blanco: todo denotaba que había a bordo una mala situación. Los cuatro botes colgados por encima de la borda la definían como un ballenero. Apoyados con descuido en las batayolas, estaban los marineros, hombres rudos, de aspecto marchito, vestidos con gorros escoceses y ropas de un color azul desteñido; las mejillas de algunos mostraban sus pecas de color bronce, en el que por la enfermedad se convierte el saludable dorado de las bayas que lucen los marinos en los trópicos.

En el alcázar vi a uno al que tomé por el jefe de todos. Llevaba un panamá de ala ancha, y su catalejo estaba a nuestra altura mientras avanzábamos.


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