Omu
Omu Pero estas meditaciones pronto quedaron interrumpidas por una sombra gris, espectral, que se proyectaba sobre las anchas olas. Era el amanecer, prontamente seguido por los primeros rayos del sol, que lucieron a la vista en un extremo de la bóveda nocturna tal como —para comparar lo grande con lo pequeño— el haz de la linterna de Guy Fawkes en la cúpula del Parlamento inglés. Poco después, algo parecido al ámbar líquido se mostró por unos instantes en el borde del océano; por fin, un sol rojo sangre se alzó redondo y pleno por el este, y comenzó el largo día marino.
Despachado el desayuno, lo primero que había que resolver era el bautismo formal de Waimontú, que después de pasarse la noche pensando en sus cosas parecía abatido.
Había varias opiniones en cuanto a un nombre aceptable. Algunos sostenían que había que llamarle «Domingo», porque era el día en que lo habíamos reclutado; otros, «Mil ochocientos cuarenta y dos», que era el año del Señor en que estábamos; en cambio, el doctor Fantasma Largo señalaba que, sin ninguna duda, debía conservar su nombre, Waimontú-Hi, que en el lenguaje metafórico de la isla significaba (él lo sostenía así) algo parecido a «el que se ha metido en un apuro». El contramaestre puso fin a la discusión empapando al muchacho con un cubo de agua salada y aplicándole un apelativo náutico: «Orza».