Omu

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Aunque a sus primeras punzadas por haber dejado su tierra sucediera cierta alegría, Waimontú —seguiremos llamándole así— poco a poco volvió a su ánimo inicial y se tornó muy melancólico. A menudo le vi acurrucado, solo, en el castillo de proa, con sus extraños ojos brillantes sin cesar y siempre pendiente del mínimo movimiento de los hombres. Más de una vez habrá estado pensando en su cabaña de bambú, cuando los otros hablaban de Sydney y de sus salas de baile.

Ya estábamos en alta mar, aunque nadie sabía hacia dónde navegábamos; según las apariencias, a casi nadie le importaba. Los hombres, cada uno a su manera, empezaron a adaptarse a la rutina de la vida en la mar, como si todo fuera prosperidad por delante. Nos deslizábamos por aguas tranquilas, de modo que no había más que gobernar el barco y relevar a los «vigías» en las cofas de los palos. En cuanto a los enfermos, ya sumaban dos o tres más, pues el aire de la isla había sido poco indicado para la constitución de varios de los desertores. Para remate de todo ello, el capitán tuvo una recaída, y se encontraba muy afectado.

Los hombres aptos para el trabajo fueron divididos en dos pequeñas guardias, encabezadas respectivamente por el contramaestre y el maorí; este último ocupaba, por ser arponero, el cargo del segundo contramaestre, que había desertado.


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