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La desmedida afición de los hombres de mar a las bebidas fuertes se conoce bien, pero en los Mares del Sur, donde es tan difícil conseguirlas, un marinero de casta considera que cualquier precio es bajo para obtener su entrañable «chiquito». En la actualidad, los balleneros americanos del Pacífico jamás piensan en llevar licores como parte de la ración, y a bordo de la mayoría de ellos jamás se sirve, ni siquiera en tiempos de la máxima penuria. Sin embargo, todos los balleneros de Sydney conservan esa vieja costumbre y los llevan como parte de las provisiones habituales para el viaje.

Con el barco en puerto, la distribución de pisco se suspendía, sin duda para aumentar el aliciente de encontrarse lejos de tierra.

Pues bien, por nuestra carencia de la disciplina debida, nuestros enfermos además de lo que tomaban a modo de medicina, con frecuencia iban en busca de sus respectivos «chiquitos» en actitud festiva; sumado a todo esto, la noche del último día de la semana siempre se celebraba con lo que a bordo de las naves inglesas se llama «botellas de la noche del sábado», de las que se bajaban dos al castillo de proa en cuanto oscurecía; una era para la guardia de estribor y otra para la de babor.


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