Typee

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Durante la hora o dos que pasamos al abrigo de los arbustos, empecé a sentir síntomas que de inmediato atribuí a nuestra situación de la noche anterior. Escalofríos y fiebre alta se repetían a intervalos, mientras una de mis piernas estaba tan hinchada y me dolía tanto que incluso sospeché que había sido mordido por algún reptil venenoso, habitante compatible con el abismo del cual habíamos acabado de salir. A propósito, debo destacar aquí —cosa que aprendí después— que todas las islas de la Polinesia, junto con Irlanda, disfrutan el privilegio de estar exentas de la presencia de serpientes venenosas, aunque si Saint Patrick[19] alguna vez las visitó, es algo que no tengo la intención de averiguar.

Como la sensación de enfermedad aumentaba en mí, cambié de posición; no deseando perturbar a mi aletargado camarada, me aparté de su lado dos o tres yardas. Moví fortuitamente una rama y de pronto se reveló ante mi vista una escena que incluso ahora recuerdo con toda la viveza de la primera vez. Creo que si se me presenta una visión de los jardines del Edén, mi embeleso no sería mucho mayor.




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