Typee

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Desde el sitio en que me encontraba, paralizado por la sorpresa y el encanto, miré hacia abajo al seno de un valle, el cual se perdía en prolongadas ondulaciones hasta las azules aguas que se divisaban a lo lejos. En medio de esta escena, a mitad de camino en dirección al mar, apareciendo aquí y allá en medio del follaje, podían observarse las casas de techos de palma de sus habitantes, relucientes bajo el sol que las había blanqueado hasta deslumbrar. El valle tenía más de tres leguas de largo y aproximadamente una milla en su parte más ancha.

Cada lado aparecía rodeado de escarpadas y verdes cuestas que, uniéndose en el lugar donde me encontraba, formaban una terminación abrupta y semicircular de peñascos y precipicios de cientos de pies de altura cubiertos de hierba, sobre los cuales se vertían innumerables saltos de agua de distinta altura. Pero la máxima belleza del panorama era su general verdor; y en esto consiste, pienso yo, el encanto característico de todo el paisaje polinesio. En todas partes debajo de mí, desde la base del precipicio sobre cuya cima había estado reposando inconsciente de todo, la superficie del valle presentaba un compacto follaje diseminado con tal profusión que resultaba imposible determinar las distintas especies de árboles que lo componían.


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