Typee
Typee Toby, que invariablemente actuaba como explorador, inició el reconocimiento. A su regreso me informo que las salientes de roca a nuestra derecha nos permitirÃan llegar con poco riesgo al pie de la catarata. En consecuencia, abandonando el cauce del rÃo en el mismo punto en que descendÃa estrepitosamente, empezamos a deslizarnos por estas salientes hasta llegar a unos pocos pies de otra que se inclinaba hacia abajo en un ángulo más pronunciado y sobre la cual, ayudándonos mutuamente, logramos posarnos sanos y salvos. Nos deslizamos con cautela por ella, sosteniéndonos de las raÃces desnudas de los arbustos que se asÃan a cada grieta. A medida que continuamos, el estrecho paso se hizo más angosto aun para apoyar los pies, hasta que de pronto, cuando llegamos a una esquina de la pared de piedra donde esperábamos se ensancharÃa, vimos consternados que una o dos yardas más abajo terminaba abruptamente en un lugar que no tenÃamos esperanza de vencer.
Toby, como siempre, iba delante y esperé en silencio que me dijera qué proponÃa para salir de este nuevo atolladero. Después de varios minutos durante los cuales mi compañero no habÃa pronunciado palabra alguna, exclamé:
—Bueno, muchacho, ¿qué haremos ahora?
Respondió tranquilamente que lo mejor que podÃamos hacer en un aprieto como éste era salir de él lo antes posible.