Typee
Typee Sin embargo, un hombre hambriento hace poco caso a los modales convencionales, mucho menos en una isla del Pacífico, por lo que Toby y yo dispusimos del plato a nuestro antojo embarrándonos toda la cara con el compuesto aglutinante y embadurnándonos las manos casi hasta el brazo. Este plato no es en modo alguno desagradable al paladar europeo, aunque al principio la forma de comerlo sí podría serlo. Por mi parte, después de unos días me acostumbré a su sabor peculiar y llegó a gustarme.
Aquel fue el primer plato; le siguieron otros, algunos realmente deliciosos. Terminamos nuestro banquete bebiendo el agua de dos cocos tiernos, luego nos deleitamos con el dulce aroma del tabaco, inhalado de una artística pipa que pasaba de mano en mano.
Durante la comida, los nativos nos observaron con gran curiosidad siguiendo todos nuestros movimientos y pareciendo descubrir abundantes motivos de comentario ulterior. Su sorpresa llegó al clímax cuando comenzamos a quitarnos la incómoda ropa empapada de lluvia. Escudriñaron nuestras blancas extremidades y parecían incapaces de explicarse el contraste que hacían con el color moreno de nuestra tez, bronceada por los seis meses de exposición al sol tropical. Tocaban nuestra piel del mismo modo que un comerciante valora una espléndida pieza de satín; algunos incluso llegaron a olernos en su curiosidad.