Typee
Typee Kori-Kori, con el propósito de mejorar la obra de la naturaleza e impulsado quizá por el deseo de añadir su toque a la comprometedora expresión de su rostro, había creído apropiado embellecer su cara tatuándole tres anchas listas longitudinales que, como carreteras rectas que desafían todos los obstáculos, cruzaban por su nariz descendiendo por la depresión de los ojos e incluso llegaban hasta la boca. Cada una zurcaba toda su cara; una se extendía desde sus ojos, otra cruzaba cerca de la nariz y la tercera pasaba por sus labios de una oreja a la otra. Su rostro, cubierto de esta forma por aquellos tatuajes, siempre me recordaban esos infelices que a veces observé mirando sentimentalmente hacia afuera desde las rejas de cualquier prisión; mientras que todo el cuerpo de mi salvaje sirviente, cubierto con representaciones de aves y peces, así como de una variedad de las criaturas más deleznables, me sugerían la idea de un museo pictórico de historia natural o un ejemplar ilustrado del Goldsmith's Animal Nature.
Pero realmente me parece insensible de mi parte hablar así del pobre nativo, cuando quizá le deba a sus más incesantes atenciones la propia existencia que hoy disfruto.