Typee

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Kori-Kori, no es mi intención heriros en lo que digo respecto a vuestros ornamentos exteriores; pero resultaron un tanto curiosos a mi vista desacostumbrada y por tanto me dilato en describiros. Pero subestimar u olvidar vuestros fieles servicios es algo de lo que nunca me culparán, incluso en los momentos más frívolos de mi existencia.

El padre de mi cercano seguidor era un nativo de gigantescas proporciones que había poseído en alguna ocasión una fuerza física prodigiosa; pero la elevada figura ahora cedía al paso del tiempo, aunque parece que los estragos de las enfermedades nunca dañaron al guerrero. Marheyo —ese era su nombre— parecía haberse retirado de toda participación activa en los asuntos del valle, nunca o casi nunca acompañaba a los nativos en sus distintas expediciones y empleaba la mayor parte de su tiempo en levantar un pequeño cobertizo frente a su casa, a lo cual había dedicado unos cuatro meses, sin grandes adelantos. Supongo que el anciano ya chocheaba, pues manifestó de distintas maneras las características que denotan esta etapa particular de la vejez.

Recuerdo en particular que tenía un buen par de aretes, fabricados de los dientes de algún monstruo marino, los cuales se quitaba y ponía unas cincuenta veces al día, entrando y saliendo de su pequeña choza en cada ocasión con toda la paciencia imaginable.


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