Typee

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Aunque no podía evitar ceder a la generalizada languidez, en ocasiones lograba vencer el hechizo y admirar la belleza que tenía a mi alrededor. El cielo presentaba una vasta extensión del azul más nítido y delicado, excepto en el horizonte, donde se podía divisar un fino manto de nubes pálidas que nunca cambiaban de forma ni color. Las prolongadas y acompasadas ondulaciones del Pacífico llegaban a nosotros; su superficie quebrada por alguna pequeña ola que brillaba bajo el sol. De cuando en cuando un banco de peces voladores, asustados por la corriente de agua desplazada por la quilla, saltaban en el aire y caían un segundo después como una llovizna argentina sobre el mar. Entonces aparecía la soberbia albacora, con su piel destellante, saltando y a menudo describiendo un arco en su descenso, para desaparecer bajo la superficie. A lo lejos, podía observarse el altivo chorro de la ballena y más cerca, casi al alcance de la mano, el tiburón merodeador; ese villano de los mares navegaba junto a nosotros y, a una distancia prudencial, nos atisbaba con sus ojos diabólicos. En ocasiones, algún monstruo informe de las profundidades que flotaba en la superficie, cuando nos acercábamos, se hundía lentamente en las azules aguas y se perdía de vista. Pero el rasgo más impresionante de esta escena era el silencio casi imperturbable que reinaba entre cielo y mar. Escasamente se oía algún sonido, salvo la respiración ocasional de la orca y el murmullo del tajamar cortando el agua. A medida que nos acercábamos a tierra, saludé con agrado la aparición de innumerables aves marinas. Chillando y volando en espiral, acompañaron al barco y a menudo se posaban en sus vergas y estays. Ese sujeto piratesco, apropiadamente llamado "halcón de los mares" con su rojo pico y negro plumaje, voló sobre nosotros en círculos cada vez menores hasta poderse distinguir ese extraño destello de sus ojos; y entonces, satisfecho con lo observado, alzó su vuelo y desapareció en el aire. Pronto aparecerían otras pruebas de nuestra proximidad a tierra y no tardaría mucho en oírse el alegre anuncio de que se divisaba, dado con esa peculiar prolongación del sonido que adora el marino:


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