Typee

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Tan pronto como logramos que los nativos entendieran nuestra intención, se opusieron rotundamente y por un momento casi me desesperé por obtener su consentimiento. Manifestaron la mayor preocupación a la más mínima idea de que uno de nosotros los abandonara. El pesar y la consternación de Kori-Kori en particular fueron infinitos; se sumió en un total paroxismo de gestos dirigidos a comunicarnos no sólo su desprecio por Nukujiva y sus incivilizados habitantes, sino también su asombro de que después de haber conocido a los instruidos taipis, mostráramos el menor deseo de retirarnos, incluso por un tiempo, de esta agradable sociedad.

Sin embargo, hice caso omiso de sus objeciones apelando a mi invalidez, de la cual aseguré a los nativos me recuperaría con rapidez si permitían a Toby ir a buscar los medicamentos que necesitaba.

Se acordó que a la mañana siguiente mi compañero partiría acompañado por uno o dos componentes del núcleo familiar, quienes le indicarían un camino fácil para llegar a la bahía antes de ponerse el sol.

Al despuntar el día siguiente, nuestra habitación bullía en movimiento. Uno de los jóvenes subió a un cocotero cercano y lanzó algunos cocos tiernos que el viejo Marheyo despojó con rapidez de su verde cáscara y amarró a un palo corto. Con ellos Toby aplacaría la sed durante su travesía.


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