Typee

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La conducta de los isleños me pareció inexplicable. Toda referencia a mi camarada perdido era cuidadosamente eludida y si alguna vez estaban obligados a responder a mis frecuentes preguntas sobre el tema, todos lo denunciaban como un ingrato que me había abandonado para marcharse a un lugar tan vil y detestable como Nukujiva.

Pero cualquiera que fuese su suerte luego de haber partido, los nativos multiplicaron sus amabilidades y atenciones con un grado de deferencia difícil de superar hacia algún visitante celestial. Kori-Kori no dejó un momento de estar a mi lado, si no era para cumplir mis deseos. El fiel sirviente, dos veces al día, aprovechando el fresco de la mañana y la noche, insistía en llevarme al arroyo y me bañaba en sus templadas aguas.

Con frecuencia en la noche me llevaba a un sitio particular del arroyo, donde la bella escena producía una benéfica influencia en mi mente. En este lugar las aguas corrían entre bancos cubiertos de césped, plantados con enormes árboles de pan cuyas amplias ramas formaban una especie de bóveda; cerca del arroyo había varias lajas negras. Una de ellas, tenía en su parte superior una cavidad plana que, llena de verdes hojas, formaba una cama admirable.


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