Typee
Typee En este lugar a menudo permanecí horas cubierto con un velo de fina tapa, mientras Feyawey, sentada a mi lado y sosteniendo en su mano un abanico tejido con las hojas de una verde rama de cocotero, espantaba los insectos que ocasionalmente se posaban en mi cara; y Kori-Kori, con el propósito de alejar mi melancolía, realizaba miles de payasadas ante nosotros. Cuando mis ojos erraban por esta romántica escena, siempre se detenían en la figura semisumergida de Feyawey que, parada dentro del agua, atrapaba en una pequeña red una especie de marisco diminuto muy gustado por su gente. Algunas veces un grupo venía a sentarse a conversar sobre una piedra baja que se encontraba en medio del arroyo, se dedicaban a pulir cocos frotándolos con piedra y agua: una operación que pronto los convierte en ligeras y elegantes vasijas para beber, muy parecidas a las copas hechas con carapacho de tortuga.
Pero la sedante influencia del bello escenario y la exhibición de vida humana en un medio tan novedoso y encantador, no fueron mi único consuelo.