Typee
Typee El ruido sordo de los tiratacos resonaba por todo el valle.
Duelos, escaramuzas, pequeños combates, y la participación general invadieron el valle. Aquí, en un sendero que conducía a la selva, se caía en una malvada emboscada y uno era punto de fuego de un pelotón de fusileros cuyas piernas tatuadas podían verse a través del follaje. Allá uno era asaltado por la intrépida guarnición de una casa, que dirigía sus cañones de bambú a través de las aberturas que forman las cañas en las paredes. También uno podía ser atacado por un destacamento de francotiradores subidos en lo alto de un pai-pai.
Tras el sonido, guayabitas verdes, semillas y bayas volaban en todas direcciones y durante esta peligrosa situación temí que, al igual que el hombre y su toro de latón, yo fuese víctima de mi propia invención. No obstante, como suele suceder con todas las cosas, esta pasó gradualmente, aunque a partir de entonces el sonido de los tiratacos podía escucharse a cualquier hora del día.
Fue precisamente al terminar la guerra de los tiratacos que me divirtió mucho un extraño capricho de Marheyo.