Typee

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El Tai es un sitio magnífico. Le hacía bien a mi cuerpo y a mi espíritu. Exento de intrusiones femeninas, no había límite para el júbilo de los guerreros quienes, al igual que los caballeros de Europa después de retirar los manteles y de marcharse las damas, dan rienda suelta a su buen humor.

Luego de pasar gran parte de la tarde en el Tai, generalmente iba, aprovechando el fresco viento vespertino, a navegar por la laguna con Feyawey o a bañarme en las aguas del arroyo con algunos salvajes quienes, a esta hora, siempre merodeaban por allí. Al acercarse la penumbra de la noche, la familia Marheyo volvía a reunirse bajo su techo: se encendían lamparitas, se entonaban cantos curiosos, se narraban historias interminables (en las cuales yo era el más brillante) y toda clase de juegos servían para pasar el tiempo.

Con mucha frecuencia las jóvenes danzaban frente a sus casas a la luz de la luna. Existe una gran variedad de bailes, en los cuales, sin embargo, nunca vi participar a los hombres. Todos consisten en rápidas evoluciones de movimientos traviesos y retozones, en los cuales cada miembro cumple su cometido. En realidad las muchachas marquesinas bailan con todo el cuerpo; no sólo mueven los pies, sino sus brazos, manos, dedos y hasta los ojos parecen bailar en sus rostros.


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