Typee

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La tranquila siesta nunca se omitía, salvo por el viejo Marheyo, que por su carácter excéntrico no parecía regirse por principios inviolables, sino que actuando acorde con su ánimo del momento, dormía, comía o trabajaba en su cabaña sin preocuparse del tiempo o el lugar. Con frecuencia podía vérsele durmiendo al sol del mediodía o bañándose en el arroyo a medianoche. Una vez lo vi encaramado a ochenta pies del suelo, sobre las ramas de un cocotero, fumando; y a menudo lo observé metido en el agua hasta la cintura, ocupado en arrancarse los escasos pelos de la barba usando conchas como pinzas.

La siesta del mediodía duraba por lo general una hora y media, muchas veces, más; y después que los durmientes se levantaban de las esteras, de nuevo tomaban sus pipas y se disponían a tomar la comida más importante del día.

Yo, sin embargo, como los caballeros del placer, que desayunan en casa y comen en el club, casi invariablemente durante mis intervalos saludables, comía con los jefes célibes del Tai, quienes siempre se alegraban de verme y me brindaban lo mejor de su despensa. Mehevi por lo general me presentaba, entre otras golosinas, un cerdo asado, lo cual, sin duda, hacía sólo para mí.


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