Typee
Typee Mis mañanas las pasaba de distintas maneras. A veces vagaba de casa en casa, seguro de recibir un cordial recibimiento dondequiera que fuera o de una arboleda a otra, de una sombra a otra en compañía de Kori-Kori y Feyawey, así como de un grupo de alegres holgazanes. Era demasiado indolente para ejercitarme y aceptando una de las muchas invitaciones que continuamente recibía, me echaba sobre las esteras de cualquier casa hospitalaria y me ocupaba plácidamente en observar las labores de los que me rodeaban o incluso en ayudarlos. Cuando me decidía por esto último, la alegría de los isleños no tenía límites y siempre se disputaban el honor de instruirme en cualquier arte particular. Pronto aprendí a confeccionar tapa: trenzaba las fibras tan bien como el mejor de ellos; y una vez, usando mi cuchillo, tallé el mango de una jabalina con tal exquisitez que no tengo dudas de que aún Kamunu, su dueño, la conserva como un raro espécimen de mis habilidades. Al acercarse el mediodía, empezaban a regresar todos los que se habían marchado de la casa; y cuando el sol estaba en su cenit casi no se escuchaba ruido alguno en el valle: a todos los embargaba el sueño.