Typee
Typee Cuando visité por primera vez este sitio singular, Kori-Kori me contó, o al menos eso entendÃ, que el jefe bregaba hacia el reino del olvido —el paraÃso polinesio— donde a cada momento los árboles del pan dejaban caer sus frutos maduros al suelo y donde no tienen fin los cocoteros y platanares: allà se descansa toda la eternidad sobre esteras más delicadas que las del Typee, y todos los dÃas los cuerpos se bañan en rÃos de leche de coco. En esa tierra de felicidad habÃa gran cantidad de plumas, marfiles, dientes de ballena y jabalÃes, mucho mejores que todos los brillantes pendientes y los alegres tejidos de los hombres blancos; y, lo mejor de todo, suficientes mujeres mucho más adorables que las hijas de la tierra.
—Un lugar encantador —dijo Kori-Kori—; pero claro, después de todo no tan encantador como Typee.
¿No querrÃas entonces acompañar al guerrero?, le pregunté. Oh, no. El era muy feliz donde estaba, pero suponÃa que tarde o temprano irÃa en su propia canoa.