Typee
Typee Para que no surja la más mÃnima equivocación de lo dicho en este capÃtulo o en realidad en cualquier otra parte de este libro, permÃtaseme apuntar aquà que en contra de la causa de las misiones en su carácter abstracto, ningún cristiano puede oponerse en modo alguno: es ciertamente una causa justa y sacrosanta. Pero si su gran finalidad es espiritual, la agencia empleada para cumplir ese objetivo es puramente terrenal; y aunque la meta visible es el logro de mucho bien, esa agencia no obstante puede provocar mucho mal. En resumen, la empresa misionera, independientemente de estar bendecida por el Cielo, está formada por seres humanos; y está sujeta, como todo, a errores y abusos. ¿Y no han llegado los errores y abusos a los lugares más sagrados; no pueden existir misioneros inútiles e incapaces en otras aguas, asà como eclesiásticos de igual naturaleza en las nuestras? ¿No podrÃa la inutilidad o la incapacidad de los que asumen funciones apostólicas en islas remotas escapar más fácilmente a la atención del mundo en general que si se manifestara en el centro de una ciudad? Una confianza injustificada en la santidad de sus apóstoles —una propensión a considerarlos incapaces de engañar— y una impaciencia ante la más mÃnima sospecha de su rectitud como hombres o como cristianos, siempre han sido carencias prevalecientes en la Iglesia. Tampoco nos preguntamos lo siguiente: al igual que la cristiandad está sujeta a los ataques de enemigos sin principios, nosotros estamos expuestos por naturaleza a todo, asà como el mal comportamiento eclesiástico, el germen de la malevolencia o al sentimiento pagano. Sin embargo, ni siquiera esta última reflexión me desviará de expresar con honestidad mis sentimientos.