Typee

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Durante el pánico que cundió, se produjo un hecho de heroísmo femenino que no puedo dejar de mencionar.

En el recinto de la mansión del conocido cónsul misionero Pritchard, entonces de visita en Londres, la bandera consular de Gran Bretaña ondeó como de costumbre ese día en una alta asta erguida a unas pocas yardas de la playa y a la vista de la fragata. Una mañana un oficial, al frente de una partida de hombres, se presentó ante el pórtico de la residencia del señor Pritchard y preguntó en un inglés entrecortado por la señora, su esposa. La patrona pronto acudió al llamado y el amable francés hizo una de sus mejores reverencias, y jugueteando graciosamente con los cordones que danzaban en su pecho, explicó con palabras corteses el objetivo de su misión:

—El almirante desearía arriar la bandera (esperaba que fuera cosa hecha) y sus hombres están listos para hacerlo,

—Dígale a su amo, el pirata —ripostó la enérgica inglesa señalando al mástil que si desea bajar esa bandera tendrá que venir a hacerlo él mismo; no permitiré que nadie más lo haga.


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