Typee

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Ni una sola mujer tomaba parte de la acción; y si la gran consideración que los hombres tienen por el siempre adorable sexo es —como afirman los filósofos— un justo ejemplo del grado de refinamiento de un pueblo, entonces tengo que decir que los taipis constituyen la comunidad más correcta bajo el sol. Excepto las restricciones religiosas del tabú, las mujeres del valle gozaban de la mayor indulgencia. En ningún otro lugar son más apreciadas como contribuyentes de nuestros mayores disfrutes; y en ninguna otra parte conocen más su poder. Muy diferente a las condiciones existentes en muchos pueblos más rudos, donde la mujer tiene que realizar todas las labores mientras sus poco galantes señores y amos se sumen en la indolencia, el sexo débil en el valle del Typee estaba exento de labores fuertes, si así puede catalogarse al que, incluso en un clima tropical, no se transpire ni una sola gota de sudor. Las suaves faenas domésticas, junto con la fabricación de la tapa, trenzar esteras y pulir vasijas, eran los únicos trabajos propios de la mujer. E incluso estos se parecían a los agradables pasatiempos que llenan el elegante ocio matutino de las distinguidas señoras de nuestro país. Pero en estas ocupaciones, por ligeras y agradables que fueran, casi nunca participaban las más jóvenes. En verdad estas voluntariosas damiselas eran adversas a todo trabajo útil. Como tantas otras malcriadas beldades, preferían vagar por los bosques, bañarse en el arroyo, bailar, coquetear, gastar toda clase de bromas y pasar sus días en un torbellino de irreflexiva felicidad.


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