Typee
Typee Trataré de explicar la manera en que Mami, un noble jefecito, a menudo realizaba el ascenso sólo para complacerme; pero los preliminares también deben recordarse. Al manifestarle mi deseo de que me bajase algún fruto de un cocotero particular, el gracioso salvaje, cayendo en una actitud de repentina sorpresa, fingía extrañeza por lo absurdo de la petición. Mantenía este gesto durante un momento, para luego transformar las emociones dibujadas en su rostro en una resignación a mi deseo; y mirando atentamente a la copa del árbol, se paraba en puntas de pie, estiraba el cuello y alzaba los brazos como intentando tomar el fruto desde abajo. Como fracasado por este infantil intento, se tiraba al suelo golpeándose el pecho con simulada desesperación; y, entonces, levantándose de nuevo, echaba la cabeza hacia atrás y alzaba los dos brazos como un escolar que trata de atrapar una pelota. Después de estar así unos momentos en espera de que la fruta le fuera arrojada por algún buen espíritu de la copa del árbol, se volvía en otro acceso de desesperación y se retiraba unas treinta o cuarenta yardas. Aquí permanecía un rato mirando al árbol con la viva imagen del sufrimiento; pero en un instante, recibiendo su inspiración, corría de nuevo hacia él y agarrando con las dos manos el tronco, una más arriba que la otra, presionaba las puntas de los pies contra el árbol, extendiendo sus piernas hasta quedar casi horizontal y su cuerpo doblado en arco; luego, alternando manos y pies, ascendía con gran rapidez y, antes de que uno se diera cuenta, ya había llegado al gran racimo de cocos. Entonces con impetuosa alegría arrojaba el fruto al suelo.