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CAPÍTULO TREINTA Y UNO

Extraña costumbre de los isleños — Sus cantos y la peculiaridad de sus voces — Asombro del rey al escuchar una canción — Nueva dignidad conferida al autor — Instrumentos musicales del valle — Admiración de los salvajes al presenciar un combate pugilístico — Natación infantil — Hermosa cabellera de las muchachas — Ungüento para el cabello.

A pesar de todo lo prolijo que he sido, aún debo implorar la paciencia del lector, pues tengo que atar algunos cabos sueltos de cosas que no he mencionado, pero que son curiosas o peculiares de los taipis.

Observé una costumbre singular en la casa de Marheyo que me sorprendía con frecuencia. Todas las noches antes de retirarnos, los moradores de la casa se reunían en sus esteras y en cuclillas, según la costumbre general de estos isleños, iniciaban un canto monótono y triste con el acompañamiento melódico de dos palos medio podridos golpeados suavemente y que cada uno tenía en sus manos. Así pasaban una hora o dos, a veces más. Tendido en la penumbra que envolvía el otro extremo de la casa, no pude evitar observarlos, aunque el espectáculo sólo incitaba una reflexión desagradable. La intermitente luz de la semilla del armor sólo mostraba sus perfiles salvajes, sin romper las sombras que les envolvían.


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