Typee
Typee Mi canto no fue el único medio que utilicé para entretener al rey Mehevi y a sus indolentes súbditos. Nada les producía más placer que verme en un encuentro pugilístico imaginario. Como ninguno de los nativos tuvo el valor suficiente de pararse frente a mí como un hombre y aguantarme unos cuantos golpes, para satisfacción mía y del rey, tenía que pelear por necesidad con un contendiente imaginario a quien invariablemente noqueaba debido a mi superioridad. A veces cuando esta vapuleada sombra se retiraba precipitadamente hacia el grupo de salvajes y yo la seguía corriendo tras ellos y tirando golpes a diestra y siniestra, se dispersaban en todas direcciones, cosa que deleitaba a Mehevi, a los jefes y a ellos mismos.
El noble arte de la autodefensa era considerado por ellos como un don del hombre blanco; y no tengo la menor duda de que imaginaran ejércitos de europeos armados sólo de duros puños y fiera valentía, que formarían en columna y combatirían a puñetazos a la voz de mando.