Typee
Typee Un día, en compañía de Kori-Kori, fui al arroyo a nadar y vi a una mujer que estaba sentada sobre una roca en medio de la corriente mirando con el mayor interés los movimientos de algo que a primera vista tomé por una inmensa rana que se divertía en el agua cerca de ella. Atraído por la novedad, me dirigí al lugar donde estaba sentada y casi no pude dar crédito a lo que vi: un bebito de pocos días de nacido que parecía acabar de salir nadando a la superficie luego de nacer en las profundidades. A ratos la orgullosa madre alargaba la mano hacia él y el pequeño, lanzando un grito apagado y pataleando con sus piernitas, subía a la roca y en un instante se asía al regazo de su madre. Esto se repitió varias veces; el bebito permanecía aproximadamente un minuto en el agua. En una o dos ocasiones hizo muecas por tragar agua y jadeó y tosió como a punto de ahogarse. Entonces la madre lo alzó y por un procedimiento que no necesito mencionar, le obligaba a expulsar el fluido. Durante varias semanas más observé a esta mujer traer a su niño al arroyo todos los días con el fresco de la mañana o la noche para darle un baño. No es de extrañar que los isleños de los Mares del Sur sean una raza tan anfibia cuando son lanzados al agua tan pronto como nacen. Estoy convencido de que nadar es tan natural para un ser humano como para un pato; sin embargo, en los países civilizados cuántas personas capaces mueren, como gatitos, por los accidentes más triviales.