Typee
Typee Cuando llegamos a la punta saliente, los salvajes ya se interponían en nuestro paso. Nuestros remeros sacaron sus cuchillos y los pusieron entre sus dientes y yo blandí el ancla del bote. Todos sabíamos que si lograban interceptarnos ejercerían sobre nosotros la práctica que había resultado tan fatal para otras tripulaciones que se habían aventurado en estas aguas. Agarrarían los remos, tomarían la borda haciendo zozobrar la embarcación y no se apiadarían de nosotros.
Luego de algunos momentos angustiosos, identifiqué a Mau-Mau. El atlético isleño, con su hacha entre los dientes, avanzaba tras cada brazada. Era el que estaba más cerca de nosotros y en cualquier momento podría agarrar uno de los remos. Aun entonces sentí horror del acto que iba a cometer, pero no era momento de ser compasivo y ubicando mi objetivo, le arrojé con todas mis fuerzas el ancla. Le golpeó en el pecho y le obligó a hundirse. No tuve tiempo de repetir el golpe, pero lo vi regresar a la superficie detrás del bote y nunca olvidaré la fiera expresión de su rostro.
Sólo otro de los salvajes alcanzó el bote. Se asió de la borda, pero los cuchillos de nuestros remeros cercenaron sus muñecas y tuvo que soltarse. Así pasamos entre ellos sanos y salvos. La violenta excitación que me había mantenido hasta entonces me abandonó y caí desmayado en brazos de Karakoi.