Infiltrada
Infiltrada HacÃa frÃo aquella mañana, un frÃo que calaba hasta los huesos y envolvÃa el campus en un manto de niebla densa. Los pasos de Marie resonaban en el pavimento húmedo mientras cruzaba el solitario pasillo hacia la sala de profesores. Nadie más parecÃa estar despierto en aquel edificio todavÃa dormido. La profesora de psicologÃa amaba esa media hora de calma antes de enfrentarse a la vorágine del dÃa. Pero aquel dÃa, el silencio no era su aliado. Era un presagio. Cuando abrió la puerta de la sala, la imagen la golpeó como una ráfaga helada. Hanna, su jefa de estudios y amiga cercana, yacÃa en el suelo. Sus ojos, siempre llenos de vida, miraban ahora al vacÃo. Un charco de sangre rodeaba su cabeza como un lago siniestro. Marie retrocedió, su aliento convertido en jadeos frenéticos. Quiso gritar, pero solo pudo murmurar: —¡Dios mÃo... Hanna! La noticia viajó rápido. En la sede del FBI, Bárbara sostenÃa su taza de café cuando vio entrar a Marie. Su rostro desencajado lo decÃa todo. —¿Qué pasa? —preguntó Bárbara, dejando la taza con un golpe seco. —Hanna... está muerta. La encontré esta mañana. —Las lágrimas de Marie eran incontrolables. Bárbara sintió cómo su mundo tambaleaba. Hanna no era solo una colega; era su amiga, alguien que habÃa sido un pilar en los momentos más difÃciles. Mientras intentaba consolar a Marie, su mente ya empezaba a desentrañar las posibilidades. ¿Un crimen pasional? ¿Un robo que salió mal? Algo no encajaba. Horas después, la conversación con su jefe fue tensa. —Quiero infiltrarme en la facultad —dijo Bárbara con determinación. —No es tu jurisdicción. —Era mi amiga. Si no lo hago yo, nadie lo hará bien. Malcom, su compañero y opuesto en muchos aspectos, escuchó desde la puerta, cruzando los brazos. —¿Sabes en lo que te estás metiendo? —preguntó, sin ocultar su desacuerdo. —Lo sé —replicó Bárbara, sin dudarlo—. Hanna merece respuestas. Malcom bufó, pero no insistió. SabÃa que cuando Bárbara se ponÃa algo en mente, no habÃa poder humano que la detuviera. Lo que no dijo fue lo que pensaba: que este caso era más peligroso de lo que Bárbara querÃa admitir. Esa noche, mientras Bárbara revisaba viejas fotos de ella y Hanna, la sombra del miedo comenzó a insinuarse. Este asesinato no era un hecho aislado; lo sentÃa en lo más profundo de su ser. Cerró el álbum y miró su reflejo en la ventana. La niebla seguÃa fuera, y, por un instante, creyó ver un movimiento entre las sombras. —Solo el principio... —susurró para sà misma, como si la oscuridad respondiera. El juego habÃa comenzado, y Bárbara estaba dispuesta a entrar en él, cueste lo que cueste.
