Carmen
Carmen Mientras hablábamos, nos habíamos alejado bastante de la venta por lo que en ella no se podían oír las herraduras. Antonio había librado al caballo, en un abrir y cerrar de ojos, de los harapos con los que le había envuelto los cascos; se disponía a montar en él. Intenté retenerlo con ruegos y amenazas.
—Señor, soy un pobre diablo —me decía—; no se pueden despreciar doscientos ducados, sobre todo cuando se trata de librar al país de semejante elemento. Pero esté atento; si el Navarro se despierta, cogerá de un salto el trabuco, y ¡pobre de usted! Yo estoy demasiado lejos para volverme atrás; arrégleselas usted como pueda.
El granuja había montado ya; espoleó y lo perdí pronto de vista en la oscuridad.
Estaba muy enfadado con mi guía y algo inquieto. Tras un instante de reflexión, me decidí y regresé a la venta. Don José dormía aún, reparando sin duda en ese momento las fatigas y las vigilias de muchas jornadas arriesgadas. Me vi obligado a sacudirlo rudamente para despertarlo. No olvidaré jamás la feroz mirada y el movimiento que hizo para agarrar el trabuco, que, como medida de precaución, yo había alejado un poco de su lecho.
—Señor —le dije— le pido perdón por despertarlo; pero tengo que hacerle una pregunta tonta: ¿le agradaría ver llegar aquí a media docena de lanceros?