Carmen
Carmen —¡Por Dios, hable usted más bajo! —me dijo Antonio—. Usted no sabe quién es ese hombre. Es José Navarrro, el bandido más famoso de AndalucÃa. Durante todo el dÃa le he estado haciendo señas que usted no ha querido comprender.
—Bandido o no, ¿qué me importa? —respond×; no nos ha robado, y apostarÃa que no tiene gana de hacerlo.
—Muy bien; pero hay doscientos ducados para quien lo entregue. Sé de un puesto de lanceros a legua y media de aquÃ, y antes de que sea de dÃa, traeré a unos cuantos fuertes mocetones. HabrÃa cogido su caballo, pero es tan arisco que nadie, salvo Navarro, puede acercarse a él.
—¡Váyase al diablo! —le dije—. ¿Qué mal le ha hecho ese pobre hombre para denunciarlo? Además, ¿está seguro de que es el bandolero que dice usted?
—Completamente seguro; hace un rato, me ha seguido hasta la cuadra y me ha dicho: «Parece que me conoces; si dices a ese buen señor quien soy, te salto la tapa de los sesos». Quédese, señor, quédese con él; usted no tiene nada que temer. Mientras sepa que está usted aquÃ, no desconfiará de nada.