Carmen
Carmen Me creía bastante fatigado para poder dormir en semejante alojamiento; pero, al cabo de una hora, picores muy desagradables interrumpieron mi primer sueño. En cuanto comprendí la causa, me levanté, persuadido de que era preferible pasar el resto de la noche a la intemperie que bajo ese inhospitalario techo. Andando de puntillas, llegué a la puerta, pasé por encima del lecho de don José, que dormía el sueño de los justos, y lo hice tan bien que salí de la casa sin que se despertara. Al lado de la puerta había un banco ancho de madera; me eché en él, y me las arreglé lo mejor que pude para acabar la noche. Iba a cerrar los ojos por segunda vez, cuando me pareció ver pasar delante mí la sombra de un hombre y la de un caballo, marchando uno y otro sin hacer el menor ruido. Me incorporé y creí reconocer a Antonio. Sorprendido de verlo fuera de la cuadra a esa hora, me levanté y fui a su encuentro. Como me había visto desde el primer instante, se paró.
—¿Dónde está? —me preguntó en voz baja.
—En la venta; duerme; no tiene miedo de las chinches. ¿Por qué, pues, se lleva usted ese caballo?
Me di cuenta entonces de que, para no hacer ruido al salir del cobertizo, había envuelto cuidadosamente los cascos del animal con los restos de una manta vieja.