Carmen

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Era evidente que Antonio quería hablarme a solas; pero yo no quería que don José empezara a sospechar, y, en el punto en que estábamos, me pareció que la mejor decisión era manifestar la mayor confianza. Respondí pues a Antonio que no entendía nada de caballos y que tenía ganas de dormir. Don José lo siguió a la cuadra, de donde regresó solo enseguida. Me dijo que el caballo no tenía nada, pero que mi guía lo consideraba un animal tan valioso que lo estaba frotando con la chaqueta para hacerle transpirar, y que iba a pasar la noche en esa agradable ocupación. Mientras tanto, yo me había echado sobre las mantas de mulos, cuidadosamente envuelto en el abrigo, para no tocarlas. Después de haberme pedido perdón por la libertad que se tomaba al colocarse a mi lado, don José se acostó delante de la puerta, no sin antes haber renovado el cebo del trabuco, que tuvo la precaución de colocar bajo las alforjas que le servían de almohada. Cinco minutos después de habernos dado las buenas noches, uno y otro estábamos profundamente dormidos.







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