Carmen

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—Si no me equivoco —le dije— no es una canción española lo que acaba de cantar usted. Se parece a los zorcicos, que he oído en las Provincias y la letra debe de estar en vasco.

—Sí —respondió don José, con tono sombrío. Dejó la bandurria en el suelo, y, cruzado de brazos, se puso a contemplar el fuego que se apagaba, con una singular expresión de tristeza. Iluminado por una lámpara colocada sobre la mesita, su rostro, noble y feroz a la vez, me recordaba al Satán de Milton. Como él, quizá, mi compañero pensaba en el hogar que había abandonado, en el exilio en que había incurrido por una falta. Traté de reanimar la conversación, pero él no respondió, absorto en sus tristes pensamientos. La vieja se había acostado ya en un rincón de la sala, tras una manta agujereada, colgada en una cuerda. La niña la había seguido a este retiro reservado al bello sexo. Entonces mi guía, levantándose, me invitó a seguirle a la cuadra; pero al oírle don José, como despertado de repente, le preguntó con un tono brusco dónde iba.

—A la cuadra —respondió el guía.

—¿Para qué? los caballos tienen pienso. Acuéstate aquí, el señor te lo permitirá.

—Temo que el caballo del señor esté enfermo; quisiera que el señor lo viera; tal vez sepa lo que hay que hacerle.


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