Carmen

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Don José frunció el ceño y levantó la mano con un gesto de autoridad que paró inmediatamente a la vieja. Me volví hacia mi guía, y, con una seña imperceptible, le di a entender que no tenía nada que revelarme respecto al hombre con el que iba a pasar la noche. La cena fue mejor de lo que esperaba. Nos sirvieron, en una mesita de un pie de altura, un gallo viejo guisado con arroz y muchos pimientos, después pimientos en aceite y para terminar gazpacho, especie de ensalada de pimientos. Tres platos tan condimentados nos obligaron a recurrir frecuentemente a una bota de vino de Montilla que encontramos delicioso. Después de haber comido, al ver una bandurria colgada en la pared —en España hay bandurrias por todas partes—, pregunté a la niña que nos servía si sabía tocar.

—No —respondió—; pero don José ¡toca tan bien!

—Tenga la amabilidad —le dije— de cantarme algo; me gusta con pasión su música nacional.

—No puedo negarle nada a un señor tan amable que me da tan excelentes cigarros —exclamó don José con semblante de buen humor; y pidiendo la bandurria, cantó acompañándose con ella. Su voz era ruda, pero agradable; la melodía melancólica y extraña; en cuanto a la letra, no comprendí ni una palabra.


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