Carmen

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Llegamos a la venta. Era tal y como me la había descrito, es decir, una de las más miserables que yo había encontrado hasta entonces. Una gran sala servía de cocina, comedor y dormitorio. Sobre una piedra plana, se encendía el fuego en medio de la habitación, y el humo salía por un agujero hecho en el techo, o más bien se detenía, formando una nube a unos cuantos pies del suelo. A lo largo de la pared, se veían extendidas en el suelo cinco o seis mantas viejas de mulos; eran las camas de los viajeros. A veinte pasos de la casa o más bien de la única sala que acabo de describir, se levantaba una especie de cobertizo que servía de cuadra. En esta encantadora vivienda no había más seres humanos, al menos de momento, que una vieja y una niña de diez a doce años, las dos del color del hollín y vestidas con harapos horribles. «¡Esto es lo que queda —me dije— de la población de la antigua Munda Bœtica! ¡Oh, César! ¡Oh, Sexto Pompeyo! ¡Qué sorprendidos quedaríais si volvierais a este mundo!».

Al ver a mi compañero, la vieja dejó escapar una exclamación de sorpresa. «¡Ah! ¡señor don José!» exclamó.




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