Carmen

Carmen

Una tarde, a la hora en que ya no se ve nada, estaba yo fumando apoyado en el pretil del paseo, cuando una mujer, tras subir la escalera que conduce al río vino a sentarse cerca de mí. Tenía en el pelo un gran ramo de jazmines, cuyos pétalos exhalan de noche un olor embriagador. Estaba vestida con sencillez, quizá pobremente, toda de negro, como la mayor parte de las modistillas por la noche. Las mujeres elegantes no van de negro más que por la mañana; por la noche, se visten a la francesa. Al llegar cerca de mí, la bañista dejó deslizarse sobre los hombros la mantilla que le cubría la cabeza, y, en la oscura claridad que cae de las estrellas, observé que era menuda, joven, bien proporcionada, y que tenía los ojos muy grandes. Arrojé inmediatamente el cigarro. Comprendió ese detalle de una cortesía muy francesa, y se apresuró a decirme que le gustaba mucho el olor del tabaco, y que también ella fumaba, cuando encontraba papelitos muy suaves. Por fortuna, tenía algunos de éstos en la petaca, y me apresuré a ofrecérselos. Se dignó tomar uno, y lo encendió en el extremo de una cuerda ardiendo que un niño nos llevó a cambio de una moneda. Mezclando el humo, charlamos tanto tiempo la bella bañista y yo, que nos quedamos casi solos en el paseo. Creí no ser indiscreto proponiéndole ir a tomar helados a la nevería. Tras un modesto titubeo, aceptó; pero antes de decidirse, quiso saber qué hora era. Hice sonar mi reloj, cuya música pareció extrañarle mucho. «¡Qué inventos tienen en sus países, señores extranjeros! ¿De qué país es usted, señor? ¿Sin duda, inglés?


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