Carmen
Carmen —Francés, y su seguro servidor. ¿Y usted, señorita, o señora, es probablemente de Córdoba?
—No.
—Al menos, es usted andaluza. Me parece reconocerlo en el habla suave.
—Si usted reconoce tan bien el acento de la gente, debe adivinar fácilmente de dónde soy.
—Creo que es de la tierra de Jesús, a dos pasos del ParaÃso. (HabÃa aprendido esta metáfora, que designa a AndalucÃa, de mi amigo Francisco Sevilla, picador muy conocido).
—¡Bah! el paraÃso… la gente de aquà dice que no está hecho para nosotros.
—Entonces, debe ser mora, pues, o…, me detuve, sin atreverme a decir: judÃa.
—¡Vamos, vamos! usted ve claramente que soy gitana; ¿quiere que le diga la bajÃ[1]? ¿Ha oÃdo usted hablar de la Carmencita? Soy yo.