Carmen

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Yo era entonces, hace quince años de esto, un incrédulo tal que no retrocedí de pánico al verme junto a una hechicera. «¡Bueno! —me dije—; la semana pasada, cené con un salteador de caminos, vayamos hoy a tomar helados con una sierva del diablo. En los viajes, hay que verlo todo». Tenía además otro motivo para cultivar su trato. Al salir del colegio, lo confieso con vergüenza, perdí algún tiempo estudiando las ciencias ocultas, e incluso varias veces intenté conjurar al espíritu de las tinieblas. Curado desde hacía mucho tiempo de la pasión por semejantes investigaciones, no dejé de conservar una cierta curiosidad por todas las supersticiones, y me alegraba saber hasta dónde había llegado el arte de la magia entre los gitanos.

Mientras charlábamos, habíamos llegado a una nevería y nos habíamos sentado junto a una mesita alumbrada por una vela encerrada en un globo de vidrio. Tuve entonces tiempo suficiente para observar a mi gitana mientras algunas buenas gentes, que tomaban helados, se pasmaban al verme en semejante compañía.





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