Carmen

Carmen

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Dudo mucho que la señorita Carmen fuera de raza pura, al menos era infinitamente más bonita que todas las mujeres de su casta que yo haya encontrado jamás. Para que una mujer sea bella, dicen los españoles que es necesario que reúna treinta síes, o, si se prefiere, que se pueda definir por medio de diez adjetivos, cada uno aplicable a tres partes de su persona. Por ejemplo, debe tener tres cosas negras: los ojos, los párpados y las cejas; tres finas: los dedos, los labios y los cabellos, etc. Consúltese a Brantôme para el resto. Mi gitana no podía aspirar a tantas perfecciones. El cutis, por lo demás perfectamente terso, se acercaba mucho al tono del cobre. Los ojos eran oblicuos, pero admirablemente rasgados; los labios, un poco gruesos, pero bien trazados, dejaban ver unos dientes más blancos que almendras sin piel. Sus cabellos, quizá algo gruesos, eran negros, con reflejos azulados como ala de cuervo, largos y brillantes. Para no cansarles con una descripción demasiado prolija, les diré en suma que por cada defecto reunía una cualidad que sobresalía quizá con más fuerza por el contraste. Era una belleza extraña y salvaje, un rostro que al principio extrañaba, pero que no se podía olvidar. Sus ojos, sobre todo, tenían una expresión voluptuosa y feroz a la vez que no he encontrado después en ninguna mirada humana. Ojo de gitano, ojo de lobo, es un dicho español que denota buena observación. Si no tienen ustedes tiempo de ir al «Jardin des Plantes» para estudiar la mirada de un lobo, observen a su gato cuando está acechando a un gorrión.


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