Carmen
Carmen Es evidente que habría resultado ridículo dejarse echar la buenaventura en un café. Por ello rogué a la hermosa hechicera que me permitiera acompañarla a su domicilio; consintió sin dificultad, pero quiso comprobar una vez más el paso del tiempo, y me pidió de nuevo que hiciera sonar mi reloj.
—¿Es de verdad de oro? —dijo, observándolo con excesiva atención.
Cuando nos pusimos de nuevo en marcha, era completamente de noche; la mayor parte de las tiendas estaban cerradas y las calles casi desiertas. Atravesamos el puente del Guadalquivir, y al final de la barriada nos detuvimos ante una casa que no tenía precisamente apariencia de palacio. Nos abrió un niño. La gitana le dijo unas palabras en una lengua desconocida para mí, que supe después era romaní o chipicalé, el idioma de los gitanos. El niño desapareció inmediatamente, dejándonos en una habitación bastante amplia, amueblada con una mesita, dos taburetes y un cofre. No debo olvidar una jarra de agua, un montón de naranjas y un manojo de cebollas.