Carmen
Carmen Cuando nos quedamos solos, sacó del cofre una baraja que parecía muy usada, un imán, un camaleón disecado, y algunos otros objetos necesarios para su arte. Después dijo que me hiciera con una moneda el signo de la cruz en la mano izquierda, y las ceremonias mágicas comenzaron. Es inútil contarles sus predicciones, y, en cuanto a su manera de actuar, era evidente que no se trataba de una medio hechicera.
Desafortunadamente, enseguida fuimos interrumpidos. La puerta se abrió de pronto violentamente, y un hombre, embozado hasta los ojos con una capa parda, entró en la habitación, apostrofando a la gitana de forma poco amable. Yo no comprendía lo que decía, pero el tono de la voz indicaba que estaba de muy mal humor. La gitana al verlo, no manifestó ni sorpresa ni cólera, sino que corrió a su encuentro y, con una volubilidad extraordinaria, le dirigió algunas frases en la misteriosa lengua de la que se había servido en mi presencia. La palabra payo repetida frecuentemente, era la única que yo podía comprender. Sabía que los gitanos designan así a todos los hombres extraños a su raza. Suponiendo que se trataba de mí, me esperaba una explicación delicada; yo había agarrado ya la pata de uno de los taburetes y silogizaba en mi interior para adivinar el momento preciso en que convendría tirarlo a la cabeza del intruso. Éste dio un brusco empujón a la gitana, y avanzó hacia mí; después, retrocediendo un paso: