Carmen
Carmen —¡Ah, señor, es usted! —dijo.
Lo miré, y reconocí a mi amigo don José. En ese momento, sentí un poco no haber dejado que lo colgaran.
—¡Hombre! ¡es usted, amigo! —exclamé, riendo con la mayor naturalidad que pude—; ha interrumpido usted a la señorita en el momento en que me anunciaba cosas muy interesantes.
—¡La misma de siempre! Pero esto se va a acabar, —dijo entre dientes, mirándola ferozmente.
Mientras tanto, la gitana seguía hablándole en su lengua. Se animaba poco a poco. Sus ojos se inyectaban de sangre y se ponía terrible, las facciones se contraían, golpeaba el suelo con el pie. Me pareció que le urgía vivamente a hacer algo ante lo que él dudaba. Yo creía comprender demasiado bien de qué se trataba, viéndola pasar una y otra vez rápidamente su manita bajo la barbilla. Estaba tentado de creer que se trataba de cortar un cuello, y tenía mis sospechas de que ese cuello fuera el mío.
A todo ese torrente de elocuencia, don José no respondió más que con dos o tres palabras pronunciadas rápidamente. Entonces la gitana le lanzó una mirada de profundo desprecio; después se sentó como una turca en un rincón de la habitación, escogió una naranja, la peló y se puso a comérsela.