Carmen

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Don José me tomó del brazo, abrió la puerta y me condujo a la calle. Dimos unos doscientos pasos en el silencio más absoluto. Después, extendiendo la mano:

—Siga derecho —dijo— y encontrará el puente.

Enseguida me dio la espalda y se alejó rápidamente. Volví a mi alojamiento algo avergonzado y de bastante mal humor. Lo peor fue que, al desnudarme, me di cuenta de que me faltaba el reloj. Diversas consideraciones me impidieron ir a reclamarlo al día siguiente, o solicitar al señor corregidor que tuviera a bien mandar a buscarlo. Terminé el trabajo sobre el manuscrito de los dominicos y partí para Sevilla. Después de varios meses de viajes errando por Andalucía, quise volver a Madrid y tuve que pasar de nuevo por Córdoba. No tenía intención de detenerme allí mucho tiempo, porque había tomado ojeriza a esta bella ciudad y a las bañistas del Guadalquivir. Sin embargo, volver a ver a algunos amigos y hacer algunos encargos debía retenerme por lo menos tres o cuatro días en la antigua capital de los príncipes musulmanes. Nada más aparecer de nuevo en el convento de los dominicos, uno de los padres, que había mostrado siempre gran interés por mis investigaciones sobre el emplazamiento de Munda, me acogió con los brazos abiertos, exclamando:


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