Carmen
Carmen —¡Alabado sea el nombre del Señor! Sea bienvenido mi querido amigo. Todos lo dábamos por muerto, y quien le habla ha rezado muchos Padrenuestros y AvemarÃas, que no lamento, por la salvación de su alma. ¿Asà que no ha sido asesinado? porque robado sà sabemos que lo ha sido.
—¿Cómo es eso? —le pregunté un poco sorprendido.
—SÃ, ya sabe usted, ese bello reloj de repetición que usted hacÃa sonar en la biblioteca, cuando le decÃamos que era la hora de ir al coro. Pues bien, se ha recuperado y se lo devolverán.
—El caso es —interrumpÃ, un poco desconcertado— que yo lo habÃa extraviado…
—El tunante está encerrado, y, como se sabÃa que era hombre capaz de pegarle un tiro a un cristiano por quitarle una moneda, temimos que lo hubiera matado. Iré con usted a ver al corregidor y haremos que le devuelvan su bello reloj. Y luego, ¡no deje de decir en su paÃs que en España la justicia sabe cumplir con su obligación!
—Le confieso —le dije— que preferirÃa perder el reloj antes que declarar ante la justicia para que ahorquen a un pobre diablo, sobre todo porque… porque…