Carmen
Carmen Me llevaron junto a don José, en el momento en que estaba comiendo. Me saludó con la cabeza bastante fríamente, y me agradeció cortésmente el regalo que le llevaba. Después de contar los cigarros del mazo que había puesto en sus manos, escogió unos cuantos, y me devolvió el resto, indicándome que no necesitaba coger más.
Le pregunté si, con algún dinero o mediante recomendación de mis amigos, podría yo conseguir algún alivio a su suerte. Primero se encogió de hombros sonriendo con tristeza; inmediatamente, cambiando de idea, me rogó encargar una misa por la salvación de su alma.
—¿Querría usted —añadió tímidamente— querría usted encargar otra por una persona que lo ha ofendido?
—Desde luego, amigo mío —le dije—; pero nadie, que yo sepa, me ha ofendido en este país.
Me tomó la mano y la apretó con semblante grave. Tras un silencio, continuó:
—¿Podría pedirle otro favor?… Cuando vuelva a su país, quizá pase usted por Navarra, al menos pasará por Vitoria, que no está muy lejos.
—Sí, ciertamente pasaré por Vitoria; pero no es imposible que dé un rodeo para ir a Pamplona, y, en atención a usted, creo que haría ese rodeo con mucho gusto.